Análisis Cultural Seminario Temático 2015

Un blog hecho entre todos los estudiantes del curso de 2015 de Dr. Timmer, LAS, Universidad de Leiden. Blogs de otros años: https://thematicseminarlatinamerica.wordpress.com, y https://culturalanalysisul.wordpress.com

Paraíso e infierno en el mismo lugar

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Los ejércitos (2006) es la undécima novela de Evelio Rosero (Bogotá, 1958). En ella, Ismael, un hombre de ochenta años, nos relata cómo su pueblo es atacado por diversas milicias. Es una violencia imprevisible y caprichosa: secuestros, torturas, asesinatos se suceden sin motivo y sin autor, son “los ejércitos” que podrían ser militares, paramilitares, guerrilleros, narcotraficantes, el pueblo es víctima de todos ellos. Los sobrevivientes se ven obligados a dejar el pueblo, cosa que Ismael no puede hacer: su mujer, Otilia, ha desaparecido. Ismael y Otilia se prometieron morir allí, si Ismael se va, perderá la posibilidad de reencontrarla.

En un comienzo, el pueblo parece tranquilo pero hay indicios de una violencia que podría estallar en cualquier momento. Gracielita, la vecinita de Ismael, es una huérfana adoptada por sus vecinos, Geraldina y “el brasilero”. Los padres de Gracielita “habían muerto cuando ocurrió el último ataque a nuestro pueblo de no se sabe todavía qué ejército” (p. 14). Otro ejemplo es Hortensia Galindo, cuyo marido está desaparecido. Hortensia realiza un recordatorio anual por su marido, en compañía de todos los vecinos (p. 27). Desde la página 61, la violencia es inevitable; los habitantes del pueblo tienen dos opciones: irse y convertirse en “desplazados, sin pueblo”, o quedarse y ser asesinados.

El primer y último acto de esta historia de violencia tienen un protagonista: el cuerpo desnudo de Geraldina, la vecina de Ismael (p.11-18 y p. 201-203). Al principio de la novela, Ismael espía a Geraldina. Ella toma sol desnuda mientras él recoge naranjas de su jardín. Al final, Ismael vuelve a espiarla: el cuerpo desnudo de Geraldina es ahora un cadáver que los soldados violan. Estas imágenes enmarcan la historia de la caída del pueblo como las pinturas del juicio final, a la izquierda vemos las almas puras que van al cielo y, a la derecha, los condenados al infierno. Leemos la novela de izquierda a derecha, del paraíso al infierno, con la diferencia de que paraíso/cielo e infierno se suceden en el mismo lugar y son padecidos por el mismo hombre, Ismael.

El comienzo de la novela tiene mucho de paraíso, a pesar de la violencia latente (la muerte de los padres de Gracielita). Hay sol, una mujer desnuda, música de la guitarra del brasilero y las naranjas funcionan como un fruto del árbol de la vida. Geraldina le pide una naranja a Ismael y después de probarla parece, por un instante, descubrirlo, descubrir el deseo de su viejo vecino. Algo que a Geraldina no le importa, que la miren, parece molestarla en el momento de probar la fruta (p. 17). Es algo pasajero, después de todo, aún estamos en el paraíso.

En este paraíso Eusebito, el hijo del brasilero y de Geraldina, admira a Gracielita a escondidas, casi de la misma manera que Ismael a Geraldina, algo que a Ismael le gustaría creer. Eusebito podría tener más posibilidades de disfrutar un futuro con Gracielita, si no fuera porque se encuentra en un pueblo que será devastado. Gracielita posee su cuerpo con una “inocencia profunda” (p. 12). Paralelamente, a Geraldina no le importa que Ismael la vea desnuda, como dice el brasilero (p. 16). Ismael no es una amenaza, más bien Geraldina podría ser una amenaza para Ismael: “¿no le duele el corazón?”, le pregunta el brasilero (p. 16). Esta desnudez flamante recuerda a la performance de Vanessa Beecroft, relatada por Agamben en “Nudity” (p. 55-57). En un espacio iluminado se exhiben los cuerpos de mujeres desnudas en forma tan evidente que “there seemed to be no trace of nudity” (p. 57). La luz de la exposición, el día radiante de sol, si no hay nada para ocultar, no hay desnudez. Si no hay desnudez, no hay vergüenza ni culpa.

Geraldina deja de disponer de su propia desnudez en el momento en que es asesinada y violada por los soldados. Cuando Ismael observa esta escena, mira hipnotizado, reprochándose: “¿por qué no los acompañas, Ismael?… ¿por qué no les explicas cómo se viola un cadáver?” (p. 202). Se identifica con los soldados “…peor que si me mirara al espejo” (p. 203). Geraldina ya no se puede defender pero Ismael tampoco puede atacarla. Él también será víctima de los ejércitos pero percibe que el límite que separa su espiar a Geraldina desnuda con la brutal violación es muy frágil. Un límite que Ismael no ha traspasado pero que otros humanos sí han podido destruir. Los soldados violadores son hombres como él.

El cuerpo muerto de Geraldina ya no posee esa “gracia” que Agamben describe como “clothing of grace” (p. 57). Es una gracia que Geraldina poseía desnuda pero también vestida, en el “vaporoso vestidito lila”, una escena de la novela en la que, para Ismael, está desnuda, aunque lleve ropa (p. 34). Es una energía que no se puede aprisionar. La violación necrofílica no es más que un intento de poseer un cuerpo que ya no se puede poseer, porque no se posee a sí mismo, y ha perdido su energía, su desnudez.

La lectura de Los ejércitos puede ser difícil por los desgarradores acontecimientos que se relatan. Una vez terminada, la novela nos devela toda su belleza y tristeza, denunciando este paraíso hecho infierno, que ni Ismael ni Geraldina ni nadie se merecen.

Bibliografía:

Agamben, G.: “Nudity”. En: Nudities, Stanford, 2011, p. 55-90.

Rosero, E.: Los ejércitos, Barcelona, 2010.

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Esta entrada fue publicada en 10 marzo, 2015 por .
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