Análisis Cultural Seminario Temático 2015

Un blog hecho entre todos los estudiantes del curso de 2015 de Dr. Timmer, LAS, Universidad de Leiden. Blogs de otros años: https://thematicseminarlatinamerica.wordpress.com, y https://culturalanalysisul.wordpress.com

Representación y discurso en El infarto del alma – Elfi Beijering

Investigar la representación de gente con discapacidad o retraso mental es importante no sólo porque nos permite desvelar la manera en que pensamos e interpretamos el otro, sino también porque entender los mecanismos para lidiar con este tipo de otredad quizás nos pueda ayudar en la difícil tarea de incluir gente con retraso mental en la sociedad. Donde la representación y ficcionalización en general no puede sino omitir algunas características para enfatizar otras, la ausencia de la razón o del lenguaje como lo conocemos y como lo experimentamos nosotros mismos forman problemas adicionales cuando queremos (conocer y/o) representar ‘el loco’. El infarto del alma es un libro que intenta hacer justamente eso: representar a los residentes de un manicomio chileno, Philippe Pinel en Putaendo. Es un proyecto conjunto de la escritora Diamela Eltit y Paz Errázuriz que nos presentan imágenes y textos de algunos de los residentes, pretendiendo dar voz a o testimonio de este otro particularmente difícil de conocer. ¿Cómo hace este libro entonces para lidiar con la (supuesta) diferencia? En este texto me interesa resaltar algunos de los mecanismos que se activan en este libro al representar los residentes y preguntarme hasta qué punto es posible su representación en sí.

El texto de Eltit está dividido en varios apartados de índole diferente: algunos son testimonios ficcionales en los que un yo que es uno de los residentes escribe cartas de amor a otro; en otros habla la propia Eltit, contándonos lo que ve y lo que siente durante la visita al manicomio. Los apartados que llevan el nombre ‘El infarto del alma’ y el que forma su ‘diario de viaje’ son los que más me interesan aquí. En su diario de viaje habla un yo que dice ser Eltit misma y que describe lo que ve y lo que siente la autora en el manicomio. Eltit viene preparada: ha visto las fotos de Errázuriz unos días antes de la visita. Es por eso que ‘No [le] resultan inesperados sus cuerpos ni sus rostros’ (9), y que ‘sólo’ le desconcierta la alegría con la que saludan a Errázuriz (9). Con estos comentarios justo al inicio del libro, partiendo entonces del miedo por lo desconocido, entramos al mundo desconocido y aislado de los residentes de Philippe Pinel. Es decir, la reacción intuitiva ante aquello que no logra conocer a primera vista es entonces miedo o desconcierto. Hace falta prepararse de alguna manera para no sentir desconcierto frente a los residentes.

En este mismo apartado Eltit describe su primer encuentro con los residentes. Se refiere aquí con gran frecuencia a la ‘materialidad de los cuerpos’ de los residentes, usando palabras como ‘cuerpos’, ‘figuras’ y ‘seres’ que sólo conservan ‘un pedacito de ser’ (10). Lo primero que llama la atención en su uso de las palabras es la descripción de los residentes en plural y sin nombres propios. El uso del plural en este caso implica que no es posible o que no hace falta distinguir entre ellos: que los residentes son todos iguales (o igual de locos; igual de diferentes a Eltit) y que por lo tanto pueden quedar anónimos. Las fotografías reflejan también este anonimato: no dice en ninguna parte cuáles son los nombres de las personas que aparecen en las fotos.  Aparecen luego en el texto algunos nombres propios, pero siempre en enumeración o sin posibilidad de saber si corresponden con los rostros que vemos en las fotos. Si el libro quiere visibilizar el problema de la exclusión y de la marginalidad de esta gente, la falta de sus nombres repite esa marginalidad por dejarles en la sombra de la anonimia multitudinaria de la Zoe. De hecho, para visibilizar los residentes y señalar que estas personas existen, lo más efectivo y lógico sería el uso del nombre propio. El uso que se hace acá del plural no sólo anonimiza a los residentes sino también reduce la locura a una condición absoluta: eres loco o no eres loco. Generaliza la locura –que es en realidad muy única en su apariencia y configuración en cada persona– y no sólo eso: generaliza también, tal como lo hace el manicomio mismo tal vez, pero aun así, la locura y el retraso mental. Aunque en muchos de los casos de problemas mentales es difícil determinar los límites de cada condición o categoría, entre estas dos categorías la diferencia es sustancial.

Muchos académicos tratan este libro como si fuera un testimonio de los residentes: Eltit y Errázuriz hacen visible la exclusión, denuncian la precariedad de sus vidas y nos la muestran. Si queremos ver este libro como un testimonio, como hacen por ejemplo Norat, Scarabelli, Forcinito y Medina-Sancho y Van der Vorst– será en el sentido como lo entiende la última en este mismo blog. Van der Vorst dice que podríamos llamar a este libro un testimonio sólo si se refiere al testimonio de la experiencia de Eltit y Errázuriz en el manicomio, no de los que viven ahí.

Las palabras mencionadas con anterioridad con las que Eltit describe los residentes no sólo son llamativas por su condición plural sino también por el énfasis en la materialidad de los cuerpos: el material orgánico, vivo, que está ahí. Enfatizando la materialidad del cuerpo hace resaltar la falta de persona: los residentes en esta descripción aparecen como mera Zoe, meros seres vivos desprovistos de la capacidad de participar en la vida ciudadana o política,  y que no tienen una vida mental que vaya más allá de los impulsos físicos. Lo que vemos pasar entonces es que, al querer mostrar la injusticia y la exclusión de esta gente de la sociedad, Eltit refuerza o reproduce esa exclusión: enfatizando la falta de persona, su anonimato y la diferencia de ‘nosotros’, no contribuye precisamente a la inclusión o al acercamiento entre los residentes y ‘nosotros’.

En otros pasajes del texto Eltit vincula los residentes a Dios y a lo divino. En el inicio del libro, donde habla un residente-personaje, aparece un ángel que lo acompaña siempre. En el apartado ‘El otro, mi otro’ Eltit escribe cómo ‘el amor de Dios se enclavará en el cuerpo del insano’ y que el loco está ‘como habitado por las esquirlas de Dios’ (40). A primera vista parece constituir un contraste con lo anterior: en vez de hablar de ‘meros cuerpos materiales’ a los que les falta algo (persona), en varios apartados de ‘El infarto del alma’ encontramos referencias a lo sobrehumano. Sin embargo, encaja en la descripción que hace Agamben de la Zoe: en el fondo lo que hace es resaltar el rasgo divino que siempre tiene la vida ‘pura’ y desnuda. De hecho, con el vínculo que establece entre el loco y lo divino, Eltit recurre a un discurso existente. Se trata de hecho de un discurso bastante común entre los que cuidan o tienen en su círculo social a gente con discapacidad mental[1]. Piensen por ejemplo en el libro de fotografías ‘De Upside van Down’ de la fotógrafa holandesa Eva Snoijink[2]. Con sus fotos, Snoijink quiere mejorar la imagen del síndrome de Down, y su manera de hacerlo es con fotos de niños con el síndrome de Down desnudos o con ropa blanca frente a una pared blanca. La mayoría de ellos son rubios, tienen la piel blanca y los ojos azules. Las fotos están todas sobreexpuestas, eliminando cualquier imperfección por la cantidad de luz y creando un halo blanco e irradiante que hace aparecer a los niños como angelitos. Además, las fotos que retratan niños cuyos rasgos físicos no encajan en esta categoría aria –es decir, los que no se parecen mucho a la imagen tradicional del ángel–, están en la mayoría de los casos en blanco y negro. Aparentemente hay una asociación con algo divino cuando intentamos entender ‘el loco’. Eltit se hace eco en su texto de este discurso, un discurso que ve al loco como si estuviera habitado por algo divino que nosotros, los sanos, no logramos entender o captar.

Hay un tercer aspecto en la manera de escribir sobre los residentes que deberíamos cuestionar. Hasta ahora hemos visto que frente a otros que no logramos conocer estamos tentados a decir que no son del todo humanos, personas como nosotros. O bien son mero cuerpo, y por eso son menos humanos que nosotros, o bien tienen algo más allá de lo humano. Pero paradójicamente, los residentes de Philippe Pinel pueden para Eltit iluminar o desvelar también una esencia o un núcleo de qué significa ser humano. Observando a una pareja que está tomando la merienda, compartiendo los alimentos, ella escribe ‘a la manera radiográfica veo la gran metáfora que confirma toda pareja; la vida entera anexada a otro por una taza de té y un pan con mantequilla’ (6). Además de ‘meros cuerpos’ o personas dotadas de ‘átomos divinos’, el otro aquí también sirve para desvelar el fundamento o la esencia de lo que significa ser humano, o lo que es amar como un humano. Tenemos entonces una representación contradictoria, que demuestra las dificultades de la representación del otro.

El texto de Eltit nos da la impresión de que muchos de los residentes del manicomio no tienen habla. Eso significa una imposibilidad de hablar por sí mismos y por lo tanto haría más explicable que alguien intentara hablar por ellos. Segundo, quizás mucho más importante, los residentes del manicomio no tienen a su disposición ninguna manera de dar o no su consentimiento para su representación. Los residentes del manicomio carecen de la máscara de la que habla Agamben en ‘Identidad sin persona’ – carecen de una persona que les habilite articular su identidad hacia fuera, hacia el otro. Si según Agamben es justo esta máscara la que hace que seamos reconocidos por el otro, esto implica que el mundo del ‘loco’ para los ´sanos´ será siempre impenetrable, incomprensible e irreconocible. Es por eso, por la falta de la máscara que habilitara la representación, que en el caso del ‘loco’ no puede haber representación, sino sólo presentación. Cada intento de representación acaba por ser, al fin y al cabo, un engaño.

Las consecuencias de la imposibilidad de reconocer al ‘loco’ a la manera de Agamben las encontramos tanto en la representación contradictoria que hace Eltit de los residentes como en la proyección de un discurso propio sobre la figura que describe. Parte de esa búsqueda interminable para encontrar al otro son aquellos apartados de ‘El infarto del alma’ donde Eltit crea un narrador –uno de los residentes–  que escribe una carta de amor, supuestamente a otro residente. Ahí Eltit habla sencillamente por el otro: inventa algo que ella piensa que podrían estar pensando los residentes para presentarlo como si fuera su voz. Uno podría decir que no le queda otra opción que hablar por los residentes, justamente por los problemas que tienen para representarse a sí mismos los residentes. Sin embargo, es probable que sea la generalización de la locura y de los residentes que hace el libro lo que nos impide pensar que haya posibilidades en ese sentido. Así, se podría decir que hablar por el otro podría estar justificado o al menos resultar más lógico si el otro realmente no tiene voz. Pero vemos por ejemplo en ‘El sueño imposible’ y en ‘Juana la loca’ que algunos residentes sí tienen habla. Hablar por ellos entonces no es sólo por necesidad, por la falta de otras opciones de representación. Tomar la palabra por ellos implica no reconocer sus voces como válidas –aunque sea porque sencillamente no las entendemos. Para los residentes que tienen capacidad de habla, el hecho de que Eltit hable por ellos se convierte en la negación de la legitimidad de esas voces. Para aquellos residentes que no tienen habla yo creo que una representación textual es la peor opción para intentar darles una voz.

El hecho de que Eltit hable por el otro nos lleva a pensar que, lejos de visibilizar al otro marginado, Eltit no nos muestra mucho más que su propia proyección sobre un fondo blanco, un fondo que ella no logra llegar a (re)conocer y que por lo tanto llena con sus propias ideas. Eltit toma su visita al manicomio como un pretexto para escribir sobre el amor humano.  La visita a lo mejor la inspira, pero la representación que hace de los residentes nos enseña más sobre lo que piensa Eltit del amor humano que lo que realmente viven los residentes de Philippe Pinel. Ya vimos que lo que pretende no tener que ver con las ideas de Eltit sobre el amor y la locura son discursos en gran medida repetidos.

En toda esta problemática de representar al otro o a lo desconocido resuena el debate postcolonial. Encontrar una manera de representar al otro o de visibilizar al marginado sin tomar la palabra por ese sujeto es una gran preocupación en este campo académico y también de los antropólogos. ¿Cómo darle una voz al subalterno/el otro (cultural)? El antropólogo busca estudiar o trasmitir conocimiento sobre el otro, pero si ese otro no escribe sobre sí mismo, es difícil para el antropólogo no tomar la palabra por él. Bell Hooks, una de las protagonistas del debate postcolonial, describe la problemática de esa práctica como una continuación de las relaciones de poder que había durante el colonialismo:

[There is] no need to hear your voice, when I can talk about you better than you can speak about yourself. No need to hear your voice. Only tell me about your pain. I want to know your story. And then I will tell it back to you in a new way. Tell it back to you in such a way that it has become mine, my own. Re-writing you, I write myself anew. I am still author, authority. I am still [the] colonizer, the speaking subject, and you are now at the center of my talk.

— “Marginality as a Site of Resistance” (1990)

Es decir, lo que ha cambiado es que ahora surgió cierta voluntad de ver o reconocer al otro, pero todavía la historia del otro pertenece al (ex)colonizador, que la (re)escribe. El único logro que puede salir de esa práctica es la confirmación o la transformación del colonizador, pero nunca la del otro. Algo similar pasa en el texto de Eltit. Toma como pretexto a los residentes para investigar ella misma el amor humano y la condición humana –o sea, para entenderse mejor  sí misma–  y para ser autora ella misma.  Aunque tengan capacidad de habla los residentes, no hace falta escuchar su voz porque Eltit sabe contar mejor su historia. Y la cuenta con palabras que nunca podrán ser de ellos. Es interesante la comparación entre el debate postcolonial y los problemas de representación del retraso mental por la disparidad que hay entre los dos. Aunque sólo muy recientemente, ahora el postcolonialismo nos dicta rechazar la práctica de hablar por el otro y la fascinación abierta y sin vergüenza hacia el otro cultural. Sin embargo, hablar por alguien que tiene retraso mental y estar fascinado por él (¿todavía?) se ve mucho menos cuestionado.

Existe cierto contraste entre el texto de Eltit y las fotografías de Paz Errázuriz. La fotografía por supuesto es siempre el resultado de selección e interpretación y de mise en scène. Sin embargo, no permite en la misma medida que el texto la anulación de lo representado: es imposible proyectar un discurso propio de la misma manera en que lo hace Eltit escribiendo. Siempre queda algo de lo real: las fotografías de Errázuriz al menos sí nos enseñan los rostros de los residentes. Por más subjetiva que sea, el retrato fotográfico nunca podrá reemplazar del todo a la persona. Las fotos de Errázuriz enseñan, señalan, indican que esta gente está ahí. Donde Eltit proyecta sus contemplaciones en algo que para ella es como un vacío, las fotografías en este caso tienen mucho más valor testimonial: Muestra/señala/indica lo que está ahí en el manicomio. Mira a esta gente que existe. En el caso de la gente con retraso mental, la fotografía tiene la apariencia de ser un medio más apto para darles una voz  a los residentes.

Ahora bien, la fotografía también tiene sus problemas y sus paradojas. Como dije anteriormente, las fotografías reflejan el mismo anonimato de los retratados por la ausencia del nombre propio. La falta del nombre propio aquí es un problema fundamental justamente porque es uno de los pocos elementos de la máscara identitaria que los residentes sí tienen a su disposición y que hace que podamos llamarlos algo sin vernos forzados a nombrar una falta o un defecto (el loco, el que tiene retraso mental). La ausencia del nombre propio nos impide, pues, tener acceso a este dato identitario básico. Pero en las fotos se hace más visible otro problema en la representación de gente con retraso mental, el del consentimiento. Las fotos de las páginas 69, 70 y 72 ponen de manifiesto a qué me refiero. En ellas vemos una mujer desnuda o desnudándose con la ayuda de un hombre. Están afuera, en un terreno con árboles. Aunque en la primera foto el hombre mira las nalgas de la mujer, la escena no parece ser –o al menos no principalmente– sexual. Las preguntas que surgen de estas fotos son fundamentalmente paradójicas. ¿Puede tocar esta foto un problema ético si el sujeto parece no participar en el discurso en torno a la desnudez? Vemos aquí un buen ejemplo de lo que Agamben describe en ‘Identidad sin persona’ cuando habla de la consecuencia de no poder ser reconocido por su máscara: la desaparición o al menos la problematización de la ética. En el caso de gente con retraso mental parece que es posible fotografiar la desnudez sin el consentimiento del sujeto. O bien, ¿ puede ella dar su consentimiento? La paradoja, creo, yace en la pregunta de hasta qué punto deberíamos ‘proteger’ al sujeto contra sí mismo y contra el mundo: ¿tenemos la responsabilidad de imponer nuestros discursos culturales en el sujeto que nunca será condicionado del todo? ¿Afeitamos las piernas de una mujer a quien no se le ocurre hacerlo, que no ve las posibles ventajas que puede tener para ella? ¿Decidimos por ella si puede o no tener hijos? Tanto hacerlo como no hacerlo conlleva problemas. Hacerlo implica no reconocer que sea sujeto que puede y tiene el derecho de decidir cómo llevar su vida privada a diario, pero no hacerlo refuerza su exclusión, confirma su lugar fuera de la sociedad y crea, en el caso de la reproducción, problemas para otros que no puede controlar. Así, toda intervención en la vida de los adultos que viven en Philippe Pinel llega a ser un acto violento, o quizás lo que hace es nada más que desvelar una y otra vez la violencia que conlleva la imposición del discurso.

De un lado las fotos invitan ser interpretadas como testimoniales: la fotógrafa nos señala la gente que vive en Philippe Pinel y nos señala cómo viven.  De otro lado, Gisela Norat escribe en Marginalities que las fotos también nos permiten vivir el goce de clavar los ojos en el loco, lo cual no sería aceptado de la misma manera en la calle. Nos permiten dejar fluir libremente nuestra fascinación por una vida en gran medida ajena a los discursos y hablar sin vergüenza con nuestros amigos sobre lo lindo que es la inocencia de estas caras. La gran pregunta es cómo representar a los residentes de Philippe Pinel sin caer en esta trampa. Creo que es por esa falta de discursos que al mismo tiempo podemos pensar en los residentes de Philippe Pinel como no del todo humanos, como una señal de potencia que va más allá de lo humano, y como algo muy humano al mismo tiempo.

[1] Más ejemplos de la representación de gente con discapacidad mental con rasgos divinos se encuentran por ejemplo en www.angelsindisguise.net o en https://www.youtube.com/watch?v=1cZDhGK18zw.

[2] Véase en el anexo seis de sus fotos.

Bibliografía

Forcinito, Ana (2006): «Voz, escritura e imagen arte y testimonio en “El infarto de alma”». En Hispanófila: Literatura – Ensayos  148: 59-72.

Medina Sancho, Gloria (2005): «El infarto del alma: un tributo a la memoria afectiva». En Revista Iberoamericana 71 (210): 223-239.

Norat, Gisela (2002): Marginalities: Diamela Eltit and the Subversion of Mainstream Literature in Chile. Masachusetts: Rosemont Publishing & Printing Corp.

Scarabelli, Laura  (2012): «La narrativa de Diamela Eltit y los límites del testimonio hispanoamericano». En Confluenze: Rivista di studi Iberoamericani  4  (2): 297-312.

Snoijink, Eva (2008) De Upside van Down. Utrecht: Spectrum.

Anexos:


 De Upside van Down

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Esta entrada fue publicada en 31 mayo, 2015 por .
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